CUENTOS URBANOS

VILLA DILE
por Felix Zambetti


No ves?.... No te fijaste?.... mis zapatos, los tacos llenos de barro. No, no, no quiero limpiarlos, es lo único que me queda del naufragio. No te enteraste!! , bueno…. los medios informáticos no lo vieron como noticia, no habían apellidos notables ni arcones con monedas de oro. Te estoy hablando de cuando mi barrio naufragó contra el asfalto, sepulcro de historias lunfardas, recuerdos proletarios, donde quedaron mis calles de barro, el silbar de los carreros, las veredas de ladrillo, la placita. Todo esto lo hacían nuestros viejos desde la sociedad de fomento. La placita rodeada de alambre de púa para que no entraran vacas, caballos, con un molinete en cada esquina. Allí todos los días nos juntábamos los pibes a jugar en la hamaca, el tobogán, el trapecio, el pasamano, las argollas, las barras paralelas, la pista de atletismo.
Y no te digo nada de las fiestas patrias, que en esa época no eran para hacer turismo, sino para juntarse grandes y chicos y convertirlo en una verdadera manifestación de lo argentino. Los pibes llegábamos lavados, peinados, llevábamos la escarapela prendida en las pilchas y se iba grabando a fuego en el corazón ese sentimiento que dice ¡patria! .Se izaba la bandera, se cantaba el Himno Nacional, y después la fiesta para los chicos, carrera de embolsados, el sapo y la carretilla ¿te acordás?, el huevo y la cuchara, la aguja y el hilo, carrera de a dos con un pie atado, el palo enjabonado, y se finalizaba con la piñata, se colgaban en el travesaño de los trapecios 4 ó 5 recipientes de terracota, uno con ceniza y caramelos, otro con harina o con agua y golosinas, ahí se elegían a los chicos mas corpulentos que iban a hacer de gallo ciego, les vendaban los ojos, les daban un palo y empezaba el griterío de aliento para ubicarlo debajo de las piñatas, y ahí un revoleo de palos, y en cuanto el gallo daba un golpe certero se bajaba la venda para manotear las preciadas golosinas.
Claro, es entendible que a la prensa no le importara este naufragio, no había nada de valor. Por eso es que no quiero sacarle el barro a mis zapatos, es el último grito rebelde de esa barricada arrabalera que era mi barrio!.

EL PERUCA ÁUJA, GRIS DANZARÍN ORILLERO DE JUJUY

Todos los sábados llega a la Peña Gardeliana faltando unos minutitos para las veintitrés. Se sienta, en la misma silla de la misma mesa del mismo lugar y pide, la misma gaseosa. Ahí pasará la noche. Como llegó. Acompañado con él mismo. Consigo mismo.
Y basta. No se puede contar más -por ahora- porque la orquesta típica está en el escenario madurando acordes del dos por cuatro. Entonces, el Peruca baila. El Áuja danza. El Bailarín Silencioso hace honor a tangos, valses y milongas. Con la Fulana, la Mengana y la Zutana. Y si es necesario, también con la Perengana.
Le dicen “Peruca”, no por peronista, sino porque alguien chusmeó que habría venido del Perú. Y el otro seudónimo “El Áuja”, se lo colocaron tres maestras jubiladas -tangueras ellas- que rememoran cuando, durante las reuniones de padres de la escuelita donde trabajaban -y concurría la hijita de este señor- el hombre insistía en que, en vez de perder el tiempo plegando papelitos, a todos, a niñas y varones, hay que enseñarles a manejar el áuja para pegar botones, el áuja del crochet y a tejer con dos áujas...
En la Tanguería Mayor de San Salvador de Jujuy, el primer espacio y tiempo arrabalero se desarrolla hasta pasadas las veinticuatro. Después, cuando ameniza el grupo carpero, él, casi siempre, mira. Observa el desplazamiento de los bailarines de zambas, gatos, escondidos y chacareras. Y también chamamés. Hay sábados que, si le interpretan huainos, cuequitas y taquiraris de sus recuerdos queridos, se engancha. Y lo hace muy bien. Demasiado bien. Pero eso si, descansa -sí o sí- cuando llegan mambos, cumbias, fóxtrox y cuartetos.
Aproximadamente, entre las dos y las tres de la madrugada, regresa a la pista -junto al bandoneón, el piano, el violín, al contrabajo y el cantor- eligiendo las mejores minas milongueras para mostrarlas. Para demostrar y demostrarse. Para enseñar. Para aprender. Para compartir su placer tanguero. Para alegrar a varias damitas todavía jóvenes y otras tantas damiselas veteranas que se dan el esplendor de danzar con él, altivas de haber sido elegidas para los ganchos, las sacadas, las barridas, los ocho. Para alegrar y multiplicar la aprobación, la satisfacción -y hasta la mejor envidia- en las miradas de los que no se animan...
Y ahora sí. Cuando llega el momento en que el fuelle carpero del Chango Bellido reconquista el territorio de la pista y los corazones carnavaleros de tuitas las paisanas y del gauchaje, el Gris Danzarín Orillero llama al mozo, paga, va al baño y se hace humo...

El Peruca Áuja y el Tango de la “Guemor”

...En ese diciembre -en su Postrer Día del Tango- fue el rey. La Gardeliana se estremeció de tangos. De recuerdos. De Palabras, pergaminos, aplausos. De algún espectáculo tanguero juvenil. Nuevo. Acelerado. Acrobático. Aéreo. Y de tangos titubeantes, temblorosos, emocionados, de tres o cuatro parejas de la décadas del treinta y del cuarenta. Por su parte, él no recibió ninguna distinción, ningún premio, pero qué le importaba si se homenajeaba bailando y haciendo bailar a las “niñas” y a las “chicas” como nunca. Como siempre. Como jamás. Y como adivinando el desenlace -triunfal y fatal- de esa noche memorable.
La orquesta se despidió cerca de la cinco de la mañana. Entonces se fue. Como llegó. Caminando. Solito su alma. Con una agradable sonrisa de gratificación. Silbando sus más queridos tanguitos y milongas. Y ensayando -en las escasas veredas cuyos pisos lo invitaban- algunos pasitos nuevos que se le iban ocurriendo...
A los tres o cuatro días el diario local difundió -en el penúltimo de sus espacios criminalísticos- una breve noticia policial. Casi sin importancia. Y en el único párrafo rescatable, aclaraba que “un colectivo le había muerto y que el occiso seguía esperando en la morgue...”

El Peruca Áuja y su Tangototal

...En sus extensas y detalladas declaraciones, el chofer -porteño ¿viste?- afirmó una y otra vez que: Estaba amaneciendo ¿viste?. Era mi primer viaje, loco. Y entre la bruma y junto al semáforo en rojo, lo vi. ¡Era un fiesta, che! De película, ¿viste?. Un hombre vestido con traje gris, corbata color sangre y zapatos charol espejo, estaba...¡bailando su mejor tango en el cordón de la vereda...! ¡Brutal, loco, brutal! Tuve tiempo para verlo dibujar una extraordinaria salida americana, un voleo formidable con un gancho impecable y ahí nomás, se mandó un increíble molinete, ...¡con contragiro y todo! ¡Vamos todavía, varón!, le grité aplaudiendo... El semáforo se puso verde, (macho, ¿sería de envidia, sería...?) Y sin quitarle los ojos de encima, metí la primera arrancando sin muchas ganas ¿viste?. Mientras el micro cruzaba la esquina, el loco lindo se gambeteó un ocho de aquellos, a todo trapo ¿viste?. Le toqué la bocina con ritmo de Cumparsita, puse la segunda y abrí la puerta delantera para premiarlo con un ¡Viejo peludo nomás...! Pero, del grito, apenas si solté la primera sílaba, y en falsete todavía, porque... el bailarín dobló la pierna para que su virtual compañera hiciera dos superganchos y, al presentir que se aproximaban los compases finales de su bonita página, efectuó una majestuosa caminada con cambio de frente hacia el pavimento y, entonces, en la figura final, con la rodilla izquierda flexionada y la derecha estirada hacia atrás y con el brazo izquierdo levantado y el derecho abrazando con ardor a su pareja al mismo tiempo que la besaba apasionadamente... ¡se estrelló contra los reflectores del micro...! ¡Cosa de locos, che...! Ni me dio tiempo a poner la pata en el freno! ¡Qué macana, viejo, que macana! Y eso que iba a veinte, pero lo reventé... Qué querés que te diga, a mí me parece ¿viste? que él se reventó... Que se quería reventar... ¡Que yastaba reventado, yastaba...!

El Peruca Áuja en el Universo Tanguero del Más Allá

...Y en cualquier “tanguería” del norte o en las “milongas” de la capi -en rueda de amigos- el locuaz colectivero agrega: Misterioso, viejo, misterioso... ¡¿Vos sabés lo que yo vi...?! Mirá, vino la cana y la ambulancia y sacaron el cuerpo. Pero ellos ni se dieron cuenta, ni se dieron. Pero yo sí. Allí, desde la punta del zapato comenzaba -o terminaba- la obra de un artista de la pintura lunfarda. La sangre enjoyaba el alquitrán, viejo, lo embellecía al mango, con maravillosos dibujos arrabaleros...! Yo lo vi ¿viste? allí habían lápices, firuletes, fantasías... Y más que eso, viejo, porque adornaban el asfalto inéditas y extrañas figuras coreográficas del universo tanguero del más allá. Y hasta se escuchaba -lejano pero se escuchaba- el compás del dos por cuatro de un réquiem de Piazzola. A mí nadie me lo contó, viejo. Yo estuve ahí... y mirá que sé de milongas, ¿eh...?

El Peruca Áuja y las Enceladas Percantas Arrabaleras

...También las mujeres que tuvieron el halago y el placer de danzar con él, comentaron durante el velatorio -y en varias reuniones peñeras posteriores- que habían conocido a este señor allá por Abra Pampa, vendiendo Mentisán y otras baratijas, y que después apareció en la Tacita de Plata ya convertido en afamado sastre. Y que se casó por esos años con un semejante minón. Una pulsuda mujer rubia, alta y blancona, de la que nadie conoció jamás el origen, pero de la que muchos sospechan y siguen conjeturando que habría sido enviada -o era- el mismísimo Demonio. Porque al poco tiempo esta mujer fatal -igual que en los tangos- lo dejó sin la casa, sin el taller, sin cuentas bancarias, sin auto... sin alma. Y que, desde entonces, bailaba. Bailaba y enseñaba a bailar tango. A domicilio.
Unas pocas hembras -celosas de las seleccionadas por él- todavía siguen murmurando que segurito que esas locas aprovechadoras, le garpaban para que las hiciera bailar unos tanguchos de morondanga...
También existe cierta crueldad en los chismes de algunas mujeres -y también hombres- que fueron a un encuentro tangueril en Tucumán. Juran haber reconocido -en un lujoso cabaret- a la “Aujita”, la nena del bailarín, y que supuestamente estaba estudiando en la universidad. Pero allí -en verdad- daba clases magistrales durante shows de alto vuelo tanguero. Bailaba como la mejor. Era la mejor. Y -además- servidora muy exitosa en las Artes Amatorias Comerciales. Se la conocía como la “Laujita Mireya”. Gran prostituta. Con mayúsculas. Prostiputa de las buenas. De las caras. Pero, aseguran que tenía una debilidad (¿o fortaleza?): al bailarín que la dejaba plenamente satisfecha en la danza, se le entregaba en cuerpo y alma -con cortes, quebradas y con ardiente pasión de percanta arrabalera, y sin cobrarle nada. Y le daba el vuelto. Y la yapa.

El Peruca Áuja : ¿“Santango”...? ¿“Satángo”...?

...Y hasta hoy muchos nos cuestionamos sobre la secreta coincidencia -o consecuencia- de que después de la muerte del Áuja, la empresa a la que pertenecía el coche que lo atropelló -y que desde su nacimiento había llevado el nombre de una Virgen- pasó a denominarse, sólo por unos días, “Tango”. Luego, “San Tango”. Y súbitamente -desde el día de la inhumación- todas las unidades aparecieron pintadas de carmín, así: “Satángo”. (Sí, con acento gráfico, no obstante ser palabra grave terminada en vocal).
“Satángo”, sugestivo nombre fileteado con letra y música de tango: enroscada, retorcida, encantada... Y encantadora.

Carlos Santiago Armando Spadoni

Primer Premio Publicación
Género Narrativa
Concurso de Poesía y Cuento
Dirección Municipalidad de Cultura de San Salvador de Jujuy
Sociedad Argentina de Escritores (Seccional Jujuy)
año 2004